Me gustaba cuando era yo la que enloquecía riendo. Mi irritante y contagiosa risa. Destructora de tímpanos. Salía a la calle sin apenas preocupaciones, pensando en no pensar. Echo de menos aquella risa. Fría como el hielo, sólo para tus noches de verano. Desesperantes noches.
Aferrada al cariño, anclada al amor. Mi autodestrucción. Mi puta tumba.
Solía no desear a nadie, sólo querer, cual niña caprichosa. Nunca nadie me había preocupado, con respecto al amor. Hasta que un día te das cuenta, que, todo lo que habías evitado era para no sufrir, es lo que te hace débil, débil a todo. Absolutamente te deja desnuda y sin fuerzas.
¿Cuándo termina? Espero que nunca, me siento en medio de cualquier bosque corriendo sin ninguna preocupación, desnuda y sin fuerzas. Necesito una sobrecarga de SONRÍE.
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