Llegas a su casa, y pareces nueva. Te envuelves entre las risas del ambiente pero realmente algo no va bien. Borrachos en los sofás y con caras de ángeles, lo típico. Mi amigo jugando con el vino barato, a hacerse daño, mas bien a hacer. Y ella jugando a ser deseada, dice tener miedo a ser querida, ella sabe que no. Sabe que simplemente nadie la va a querer, y por ello se esconde.
Cojo el pasillo, y me dispongo a verle y entro a su habitación, está ahí expuesto cual cuerpo sin alma. Mi único deseo en ese momento cuidarle, darle la vida, y abrazarle. Odio verlo así. Lo odio de verdad. Putas drogas. Aunque se siente bien, se siente fuera del mundo, en su propia mente. Un viaje inexplicable. Así se siente seguro de decir que me quiere, y que es feliz a mi lado. Le quiero. Me quiere. Y el amor es libre. Muchas veces no sé que sentir, si odio o amor, si alegría o tristeza. Ni si quiera sé si tengo que estar aquí. Sólo quiero irme fuera, lejos. Seguramente necesite perderme en mi mente durante meses, incluso años y así por fin, encontrarme. O no.
No consigo entender la penúltima noche del mes de marzo, lo juro que no consigo llegar a entenderla. Confesiones a corazón abierto, tema aparte.
Todo es tan ambiguo... Las cosas no suceden porque sí, o por lo menos eso creo. Tengo una cosa clara y es que hay que decir que, cuando tenga el cuerpo sin vida, sin alma, sin ganas, yo seré su puta alma, yo seré su vida, y sus ganas. La que le va a cuidar. Le quiero, le adoro.
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